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La buena tierra de Canaán y las riquezas de Cristo

La buena tierra de Canaán y las riquezas de Cristo

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La buena tierra de Canaán fue descrita en el Antiguo Testamento como una tierra muy rica, «tierra que fluye leche y miel» (Ex. 3:8), suministros que sustentan la vida del hombre. En Deuteronomio 8: 7-9, se mencionan todas las riquezas de Canaán, y en todos los ítems citados, podemos ver aspectos de las riquezas de Dios, que están en Cristo, para nosotros.

 Un aspecto muy importante para el mantenimiento de la vida es el agua, y en Canaán había profundos arroyos, fuentes y manantiales. Podemos ver aquí una imagen del Dios Triuno extendiéndose y dándose al hombre. Las fuentes profundas, las napas subterráneas, se refieren a Dios el Padre, que habita en luz inaccesible (1 Ti. 6:16); las fuentes visibles o manantiales, son los puntos en la superficie de la tierra de donde brotan las fuentes de agua, que representan a Dios el Hijo, Jesucristo, Quien nos reveló a Dios; y las corrientes o arroyos, que son el agua que llegan al hombre, representan el Espíritu Santo, de Quien bebemos (1 Cor. 12:13). Es a través del Espíritu que experimentamos al Dios Triuno. ¡Vivamos hoy en nuestro espíritu regenerado para disfrutar de la realidad de las riquezas de la buena tierra en la persona del Dios Triuno!

 Después de hablar de la abundancia de agua en la buena tierra, Deuteronomio habla de su producción de cultivos. El primer vegetal mencionado es el trigo. El Señor Jesús, cuando habló de Su muerte, mencionó el trigo. En Juan 12:24, Él dijo: “Si el grano de trigo cae em tierra y no muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». El trigo representa la muerte de Cristo. Jesús es el grano de trigo que cayó a la tierra, murió y produjo mucho fruto. Para que una semilla germine y comience a crecer, su cáscara debe romperse. Este es también un principio espiritual importante. Para que crezca la vida divina en nosotros, es crucial que se rompa el «caparazón» de nuestro hombre natural, nuestro ego, nuestra vida del alma. Todo lo que nos pertenece en la vieja creación debe romperse para que la vida divina tenga una forma libre de crecer. La única forma de que nuestro cascarón se rompa es experimentar nuestra unión espiritual con Cristo en Su crucifixión (Ro. 6:4; Col. 2:12). Las viñas nos recuerdan que el Señor Jesús, la vid verdadera (Juan 15:1), es vida para nosotros. Las higueras, cuyo fruto se usaba como alimento en el Antiguo Testamento, indican que el Señor es nuestro verdadero alimento. Las granadas tienen muchas semillas, lo que indica la abundancia de la vida de Cristo y su poder para multiplicarse, llegando a cada uno de nosotros. Finalmente, cita el olivo, que produce el aceite, el Espíritu Santo, que es el aceite de la alegría que ha sido derramado sobre el Señor y que viene a nosotros (He. 1:9; Sal. 133:2). También hay riquezas minerales: entre ellas, hierro, que se refiere a la autoridad de Cristo (Sal 2:7-9).

 Querido lector, frente a esta percepción de la persona de Cristo, nuestro sentimiento debe ser el mismo que el del apóstol Pablo en Efesios 3:8, donde menciona: «Las riquezas inescrutables de Cristo». ¡Necesitamos tener experiencias constantes y diarias con este rico Cristo!

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