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La cesta y el agua

La cesta y el agua

Palabras que Edifican, Palavras que edificam

Un discípulo se dirigió al maestro y le preguntó: “Maestro, ¿Por qué debemos leer y memorizar la Palabra de Dios si no podemos memorizar todo y, con el tiempo, terminamos olvidando lo poco que hemos asimilado?”.

El maestro no le respondió imediatamente al discípulo. Se quedó mirando el horizonte por algunos minutos y después le ordenó: “Toma aquella cesta de junco, baja hasta el riachuelo, llénala con agua y tráela hasta aquí”. El discípulo miró la cesta sucia y consideró muy extraña la orden del maestro, pero, aun así, obedeció. Tomó la cesta, bajó los 100 peldaños de las escaleras del monastério hasta el riachuelo, llenó la cesta con agua y comenzó a subir las escaleras de regreso. Como la cesta estaba llena de agujeros, el agua se fue escurriendo y cuando llegó donde estaba el maestro, ya no había agua.

El maestro le preguntó: “Entonces, hijo mío, ¿qué aprendiste?”. El discípulo miró la cesta vacía y dijo, jocosamente: “Aprendí que la cesta de junco no retiene el agua”.

El maestro le ordenó que repitiera el proceso. Cuando el discípulo volvió de nuevo con la cesta vacía, el maestro le volvió a preguntar: “Entonces, hijo mío, ¿y ahora qué es lo que aprendiste?”.

El discípulo nuevamente respondió con sarcasmo: “Que la cesta rota no retiene el agua”. El maestro, entonces, continuó ordenándole al discípulo que repitiera la tarea. Después de la décima vez, el discípulo estaba exhausto de tanto bajar y subir las escaleras. Pero, cuando el maestro le preguntó de nuevo: “Entonces, hijo mío, ¿qué aprendiste?”, el discípulo, mirando la cesta, se dio cuenta asombrado: “¡La cesta está limpia!”. A pesar de que no retiene el agua, la repetición constante de llenarla terminó lavándola y dejándola limpia”.

Finalmente, el maestro concluyó: “No importa que no logres memorizar todos los pasajes bíblicos que lees; lo que importa, en realidad, es que en el proceso de la lectura tu mente y tu ser serán lavados delante de Dios”.

¿Qué podemos aprender de esta historia? No esperemos sentir algo al leer la Palabra de Dios para estar motivados a hacerlo nuevamente. Sepamos que mientras más tengamos contacto con ella, más lavados seremos. En el día a día nos involucramos con muchas cosas que hay en el mundo y ni siquiera percibimos que ellas terminan ensuciándonos y contaminándonos. Mediante el contacto con la Palabra de Dios podemos ser lavados y renovados diariamente. Como está escrito: “Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:26). Por tanto, apreciado lector, no nos cansemos de ir a la Palabra, leerla diariamente, pues por medio de esta práctica seremos lavados de la suciedad del mundo.

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