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¡Jesús te ama y yo también!

¡Jesús te ama y yo también!

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El evangelio de Dios comprende dos aspectos: la gracia y el reino. En el primero, obtenemos la gracia salvadora por medio de la obra de amor realizada por el Señor Jesús en la cruz. Por amarnos, Él nos dio Su vida, con lo que solucionó el problema de nuestros pecados y nos dio el perdón de Dios en nuestro favor. No hicimos nada para merecer eso. Esa obra fue realizada exclusivamente por Él.

Pero la salvación no se limita a eso; antes bien, es sólo el comienzo. La salvación continúa su desarrollo por el crecimiento de la vida divina en nosotros. Y a eso es a lo que el evangelio del reino nos alienta y estimula: crecer espiritualmente hasta ser conformados a la imagen de Cristo. A partir del momento en que la gracia nos regenera, debemos permitir que ella opere en nosotros para realizar buenas obras y acciones justas.

El apóstol Pablo describe su experiencia acerca del tema en esta significativa porción: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10). Pablo sabía que no era posible hacer nada para Dios, sin Su gracia. Él, después de ser um perseguidor de los cristianos, fue designado por Dios como apóstol para evangelizar a los gentiles y apacentar a las iglesias. De um extremo a otro, su vida cambió totalmente con la salvación y la comisión. Él no sólo recibió la salvación por la gracia, sino que se convirtió en un instrumento de la gracia para hacer la obra.

La manifestación de la gracia es el amor. El apóstol Juan nos muestra eso de manera singular, conforme a lo que leemos: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor […].Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado em nosotros” (1 Juan 4:8, 12).

Mientras el evangelio de la gracia se refiere al amor de Dios, el del reino se refiere a lo que hacemos para expresar ese amor. En el mundo, las personas no logran ver que Dios es amor; por eso, mientras vivimos en el mundo, debemos expresarlo. Esto es muy diferente a recibir gratuitamente la salvación por la gracia, pues el evangelio del reino nos muestra que necesitamos tener la disposición de ser transformados y que debemos esforzarnos por hacer la voluntad de Dios, en el espíritu, amando al prójimo como a nosotros mismos. El Señor desea que Su amor sea perfeccionado en nosotros. Cuando acogemos a los que están perdidos, oramos en favor de ellos y les presentamos la Persona del Señor Jesús, ponemos en práctica el significado de aquella sencilla frase evangelística: “Jesús te ama y yo también”.

Querido lector, ¡que cada día, en cada experiencia, el amor de Dios crezca en nuestros corazones y se manifieste a través de nuestras vidas!

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